debilitadores sociales

Debilitadores sociales

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¿Debilitadores sociales?

En los últimos 20 años se ha desatado la ola de «nuevas» enfermedades y, en su mayoría, se trata de enfermedades consecuencia del estilo de vida que se ha ido desarrollando en estos últimos años, producto de la cada vez más extendida globalización y de los llamados debilitadores sociales.  

Y es que no hay cerebro que aguante tanta presión mediática a la que somos sometidos, cada vez a más corta edad.  

Pero muchas de las técnicas de alienación utilizadas por los grandes debilitadores sociales no son más que fieles copias de las originales; sólo que aquellos pensadores antiguos no fueron tan ambiciosos.

De otro modo, recordemos el antiguo Imperio Romano y cómo usaban la intriga y el engaño para debilitar las masas y así conquistar pueblos enteros.

Actualmente, con más «sofisticación» y menos obviedad, el arte sigue siendo el mismo, habiendo logrado alcanzar ya a casi todo el mundo.

Pero, ¿cómo lo consiguen?  

Pues lo hacen casi sin que nos demos cuenta. Sus fieles compañeras y armas más letales son, nada más y nada menos, que el marketing y la publicidad.  

No quiero demonizar estas dos profesiones, pero son en gran parte las culpables de la decadencia de la sociedad actual — o más bien del uso y del enfoque que le dan ciertos entes de la sociedad. Lo que es cierto es que a lo que se dedican ambas es a hacer que la gente crea que necesita cosas que no le hacen falta. Y para esto se necesita una sociedad débil, carente de criterio, poco dispuesta a pensar.

Y por el camino han ido creando estándares que lo único que han conseguido es que estemos avanzando en pleno siglo XXI con toda una generación enfocada solamente en las apariencias.

Una generación llevada a los extremos

Porque, por un lado, son incitados a comer comida chatarra en todas las formas, sabores y tamaños, lo que hace que muchos se pierdan en la obesidad; y, por el otro, porque se nos dice que para tener el cuerpo ideal no podemos pesar más de equis número de libras, de modo que lo que consiguen es perder a tantos otros entre la anorexia y la bulimia.  

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Un mundo de apariencias

Luego están otros que se han quedados ensartados en el mundo de las apariencias, pues han decidido vivir en la forma en la que se encargan de decirnos que debemos vivir.  

Ellos sólo viven para tener los mejores carros, las casas más espléndidas, usan ropa de grandes marcas y van a los mejores clubes, pero son gente muy infeliz que para obtener todo eso necesitan matarse trabajando. Y es que no todos los dedicados a las apariencias son nacidos en cuna de oro, lo que nos lleva a ese exceso de trabajo; exceso de trabajo que nos deja exhaustos y, por ende, terminamos perdidos entre el estrés, la depresión y el cansancio extremo. Y así todos estamos en alguno de los grupos que viven por y para lo que nos dicen los grandes «movilizadores de la economía mundial», que, en conjunto, lo único que hacen es debilitarnos socialmente para obtener única y exclusivamente su beneficio deseado.

¿Por qué no podemos defendernos de los debilitadores sociales?

No es que no podamos. Podemos — y muy bien — hacerlo. Pero, como no es algo obvio, nos negamos a creer que somos encaminados a vivir en las formas y en los modos en los que lo estamos haciendo… y creemos que es tan sólo una exageración de unos cuantos.

La mejor forma de liberarnos es empezando en casa. Si hacemos que nuestros hijos empiecen a meditar sobre los hábitos que están teniendo, si hacemos que disfruten más del aire libre que de estar horas metidos en redes sociales… Si lo impulsamos a leer más, a tener sus propias opiniones en todo, libres — en la medida de la posibilidad — de influencias externas (¡incluso de la de sus padres!). Enseñándoles que nuestras diferencias como seres humanos son las que nos hacen valiosos y que el estar fuera de los estereotipos establecidos trae más beneficios que perjuicios.

Debemos aprender, como sociedad, a querernos más allá de las apariencias.

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Món Mont

Món Mont

Guayaca apasionada de los viajes, capaz de encontrar la posibilidad de perderme en ruta, ya sea realmente viajando por inescrutables caminos o con la más completa inmersión en uno de los muchos libros con los que alimento la llama eterna de mi creatividad y que me han convertido en una lectora que escribe. Filántropa irremediable, lo único que prefiero a una buena conversación, es una buena conversación en una mesa en la que, además, se siente la mejor gastronomía.

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